
A veces sentimos que no tenemos nada por lo que valga la pena mirar hacia arriba, y ver el sol que brilla sobre nosotros, que no hay nada que nos acompañe y que nos anime arrastrar nuestras almas en una rutina en la que todo es visto a través de un fino muro de sentimientos, reflexiones y pensamientos que nadie puede traspasar porque nadie alcanza a comprendernos. A veces sentimos que la vida es como un túnel rebosante de oscuridad, que no nos deja ver las piedras con las que podríamos tropezar, percibir los monstruos que se esconden tras cada esquina, ni deja que un solo rayo de esperanza alcance a nuestro corazón. Pero de repente llega una luz que nos hace ver que no todo está perdido, que nos alumbra el camino, y que si aún así nos caemos nos levantará aunque le cueste la vida en ello. Esa luz, esa alegría sola entre tanta oscuridad, nos acompaña hasta el final, va junto a nosotros a cada paso, nos ayuda a superar cada obstáculo, tanto si es el más difícil de saltar como si es el más minúsculo. Ésa, y sólo ésa, es la que te cuidará durante toda tu vida, la que no te dejará rendirte, la que hará cosas imposibles para hacerte reír desde que atisbe un solo ápice de tristeza en tu rostro. Ésa, y sólo esa es a la que tendrás el placer de llamar amigo, porque solo ella, y digo ella, aunque puede llamarse afortunado el que tenga más de una, como yo, es la que tendrá el privilegio de ser una de las personas más importantes y a las que más quieres de tu vida
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