Mil sonrisas, un mar entero de pensamientos
alegres. Eso es lo que me provoca él.
Aquella persona que me ha apoyado desde que le conocí, que nunca ha dejado de
intentar dibujar una sonrisa en mi cara hasta en los peores momentos, en los
que sentía que no tenía a nadie a quien acudir. Esa persona es una de las pocas
que consigue que una de sus sonrisas llegue a mi corazón, que mi alma llore
desconsoladamente al no tenerle cerca. Él y sólo él, es una de las pocas
razones por las que reúno las fuerzas suficientes al atisbar los rayos de sol
por las mañanas, y levantarme y continuar con la batalla constante que es mi
vida. A veces me pregunto: ¿Cómo alguien con el que casi siquiera hablo puede
hacerme tan feliz al sólo dirigirme una mirada? Es muy sencillo, tanto que
puede ser descrito sólo en dos palabras: mejor amigo. Morfológicamente, son un
adjetivo y un sustantivo, pero en verdad, ¿se atrevería alguien a describirlo? Yo
lo intentaré. Un mejor amigo es alguien que, aún con el paso de los años te
sigue apoyando como en el primer día, que vela por ti, que te defiende frente a
toda ofensa a costa de lo que le pueda ocurrir a él. Esa persona, es y será
siempre para mí un verdadero amigo. Y me da igual lo que diga la gente, todas
aquellas personas que no guardan más que aire putrefacto en sus cráneos, porque
si, verdaderamente piensan que no se puede sentir algo así por alguien y que no
te guste, no tienen el placer de decir” Yo tengo un mejor amigo”