Y hoy, una vez más, contemplo como el día se marchita ante mis ojos y
comprendo que miles de oportunidades se han ido escurriendo entre mis dedos sin
apenas darme cuenta. Otra jornada igual o peor que las anteriores sin
experimentar nuevas emociones, pensamientos prohibidos o sueños al alcance de
mi mano. Sin más, el sol deja de acariciarme con sus brillantes y anaranjados
rayos y toda mi esperanza de aprovechar el día se esfuma entre el agujero negro
de la noche. De este modo, mi corazón encoge, oprimido por las expectativas de
un verano en el que cada día no se asemeje en nada al anterior, en el que reír
sin parar al sumergirme en la fría agua del mar, sintiéndome viva, a rebosar de
experiencias y exultante de felicidad. Así que me levanto, notando a mi alma
bullir de valentía y grito como nunca jamás lo he hecho; corro, salto sin mirar
atrás, sabiendo que todos y cada uno de los segundos que pierdo en arrepentirme
de cada paso que doy se precipitan a un vacío cuya entrada no me está permitida
y que nunca lo estará. Como objetivo, nadar hasta sumergirme en un mundo de
sensaciones nuevas, reír hasta vaciar a mi alma de pensamientos huecos para llenarla
de olor de flores, rayos de sol y esencia de esperanza. Pero de entre todas
esas metas hay una, sólo una que me exijo lograr: nunca, jamás, tener miedo.