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domingo, 1 de julio de 2012

VERANO


Y hoy, una vez más, contemplo como el día se marchita ante mis ojos y comprendo que miles de oportunidades se han ido escurriendo entre mis dedos sin apenas darme cuenta. Otra jornada igual o peor que las anteriores sin experimentar nuevas emociones, pensamientos prohibidos o sueños al alcance de mi mano. Sin más, el sol deja de acariciarme con sus brillantes y anaranjados rayos y toda mi esperanza de aprovechar el día se esfuma entre el agujero negro de la noche. De este modo, mi corazón encoge, oprimido por las expectativas de un verano en el que cada día no se asemeje en nada al anterior, en el que reír sin parar al sumergirme en la fría agua del mar, sintiéndome viva, a rebosar de experiencias y exultante de felicidad. Así que me levanto, notando a mi alma bullir de valentía y grito como nunca jamás lo he hecho; corro, salto sin mirar atrás, sabiendo que todos y cada uno de los segundos que pierdo en arrepentirme de cada paso que doy se precipitan a un vacío cuya entrada no me está permitida y que nunca lo estará. Como objetivo, nadar hasta sumergirme en un mundo de sensaciones nuevas, reír hasta vaciar a mi alma de pensamientos huecos para llenarla de olor de flores, rayos de sol y esencia de esperanza. Pero de entre todas esas metas hay una, sólo una que me exijo lograr: nunca, jamás, tener miedo.