No entiendo por qué me tocó vivir esta clase de vida. Cada
día, a cada segundo que pasa, veo cómo la gente se aleja cada vez más inmersa
en su propio mundo. Besos, caricias, te quieros… todas esas muestras de cariño,
de la más pura pasión que puede darse al entrelazarse las almas de dos personas,
no son más que simples sueños para mí, esperanzas imposibles que viven
encerradas a merced de mi pobre corazón, ansioso de que alguien le brinde tanto
amor como el que él está más que dispuesto a dar. Ya no me importa que el sol
asome sus ardientes llamas de fuego cada mañana por el horizonte, ni siquiera
que las estrellas se dignen a aparecer y
alzarse imponentes en la negrura que es el cielo. Porque para mí, para mi
dolorida alma, ya nada es como antes, esos tiempos en los que te contentaban
con un irresistiblemente dulce caramelo, cuando ahora lo que realmente me hace
falta, es un irresistiblemente dulce
chico al que amar. Que me quiera, que me admire y me respete tal y como soy,
sin fijarse en mi belleza exterior, sin prejuicios que le hagan juzgarme sin
antes haberse asomado a la verdadera fuente de sentimientos y sensaciones de
cualquier ser, mi alma.
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